IMAGINADAS
Galeria Begoña Malone. 2007
 
Imaginadas por Santiago B. Olmo
 

Natalia Granada (Bogotá, Colombia 1967) ha centrado su trabajo durante los últimos años en la representación, siempre problemática, del cuerpo y el deseo. Más allá de los aspectos que podrían remitir a una identidad de género o a imágenes reivindicativas de un cuerpo femenino liberado de convenciones, el deseo y la sexualidad en su obra funcionan como la imagen de un silencio.

Mientras que los cuerpos deslavazados y descoyuntados, decididamente abstractos, de la serie Insomnia (galería begoña malone, 2003) sobre espejos dispuestos en el suelo, remiten del mismo modo que en su instalación ¡Cuidado con el perro! (Círculo de Bellas Artes, Madrid 2001) a una sexualidad devoradora y entremezclada con la violencia; las esculturas de cuerpos de mujer pertenecientes a la serie Ansia (2004), tendidas y abiertas a la sexualidad, dejan aflorar el deseo de aquello que se expresa como un delirio entre vida y muerte, entre fantasías y realidad.

La obra reciente de esta artista colombiana afincada en Madrid desde hace años, que se ha presentado en galería begoña malone, profundiza en una reflexión poliédrica sobre la naturaleza de la sexualidad. Algunas de sus obras de la serie IMAGINADAS subrayan una inquietante atmósfera cinematográfica a través de fotografías que recogen detalles y aproximaciones de sus esculturas. Aunque no hay imagen en movimiento, los resultados se acercan a una idea de proyección que enlaza con la actitud del voyeur, cuyo goce reside esencialmente en la espera y en la distancia corporal. Las pequeñas esculturas que tienen extensiones en las piernas, desde la seriación reducen la representación del cuerpo estereotipado de una mujer sexualizada, a una imagen fetichista que asume una naturaleza cambiante y orgánica como si sus presencias surgieran del suelo o gotearan desde los techos. Si por un lado resultan claras las referencias a las representaciones neolíticas de las venus de la fertilidad, por otro establecen una fuerte tensión con las imágenes estandarizadas de la pornografía y la prostitución, pero obviando todos aquellos detalles que pudieran establecer una lectura antropológica o de costumbres contemporáneas. Estas imágenes de mujeres funcionan como fetiches banales e intemporales, situados entre una pulsión sexual ancestral y la compulsiva sordidez de un deseo estandarizado y controlado.

En la exposición domina una atmósfera de sueño o de imágenes fantasmáticas, como si esos paisajes del deseo surgieran del fondo del inconsciente. En este sentido las extensiones que prolongan las piernas de los cuerpos fetichizados parecen recordar las distorsiones con las que el surrealismo tendía a recrear los productos del inconsciente (recordemos esas distorsiones en dibujos y cuadros de Dalí o Max Ernst), sin embargo esas modalidades del inconsciente que intenta subrayar la obra de Natalia Granada parecen asumir plenamente una condición carnal, como un organismo vivo en expansión que actúa de manera imprevisible.